La fantasía de los expertos – Columna de opinión del investigador Andrés Biehl

 

El académico del Instituto de Sociología e investigador MLIV publicó la columna «La fantasía de los expertos» en La Tercera sobre los últimos acontecimientos ocurridos en el país tras el estallido social. 

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La fantasía de los expertos

 

«Es imposible predecir todas las consecuencias de nuestras acciones. Hoy nos podría parecer fácil adivinar el estallido de un descontento masivo. Cada uno puede recordar hechos que le parecen significativos y seleccionar algunos para construir historias que den sentido y confirmen lo que ya pensaba. Sin embargo, tuvimos esos hechos a la vista y no pudimos anticipar esta crisis.

El panel de expertos que notificó al Metro del alza en el precio del pasaje jamás podría haber previsto que una medida rutinaria se convertiría en la válvula de escape de problemas en otras áreas, algunas muy ajenas al transporte público. Quien los podría culpar. Es su trabajo y lo hacen bien porque no necesitan responsabilizarse por ellas. El alza desnudó los problemas de toda una sociedad. A medida que las movilizaciones se energizaban, todos quisieron ver en la crisis los problemas que más les preocupan. En la mañana del sábado un bombero me dijo “no hay mal que dure cien años ni tonto que aguante, las AFPs se quedan con tu plata cuando te mueres”; en la feria escuché historias de personas que no pueden proyectar una vida más allá de los gastos de alimentación. El martes en la mañana, una taxista que llevaba a mi señora culpó una supuesta infiltración de venezolanos y, en la tarde, en la plaza donde juega mi hija, oí la conversación de una mujer venezolana que culpaba a los comunistas. La bolsa que se abrió estos días aguanta todo.

Por años, la reacción de algunos líderes y expertos a estas narrativas ha sido la misma. Contrastan estas historias con los datos, concluyen que son falsas y afirman algo que se escucha muchas veces: “que la gente no entiende cómo funcionan las cosas”. De lo que no se percatan, es que da un poco lo mismo si estas historias son empíricamente verdaderas o falsas. Ese nunca ha sido el punto. El tipo de verdad que buscamos en estos eventos no es solo empírica, es de sentido.

Mientras estas historias sean plausibles para quienes creen en ellas será difícil convencer con gráficos que la realidad es mejor. Pero una creencia errada sobre la AFP importa menos que las fantasías que se han contado nuestros propios dirigentes y expertos acerca del país. Son decisivas por sus consecuencias.

La primera fantasía es que se acabaron las fantasías porque tenemos datos. La segunda, consiste en creer que solo basta la capacidad técnica para usar esos datos y terminar con los problemas de nuestra sociedad. La tercera es más dramática: culpar al enemigo interno. Estas tres estrategias son peligrosas porque ocultan una realidad dinámica y diluyen la asignación de responsabilidades.

En los tres casos no existe un responsable si las cosas salen mal. Las dos primeras nos ahorran la mediación política y la necesidad de anticipar consecuencias dinámicas. De ser originalmente un principio de competencia, se ha ido convirtiendo en una manera de decir “aquí nadie es responsable: la decisión fue tomada por un modelo bajo ciertos supuestos”. La tercera corresponde a un cuento rico en creencias sobre algún agente maligno que está actuando bajo las sombras para desarticular el camino hacia el crecimiento y la igualdad. La posición es la misma: nadie es responsable, basta con seguir haciendo lo mismo. Son formas de justificar la inercia, la consecuencia es la incapacidad de actuar.

Sin responsabilidad, queda la impresión de que existe una clase de personas que está expuesta a los beneficios del orden social y de sus propias acciones, pero a ninguna de sus consecuencias negativas por las que no asumen ningún costo. En ese plano flota la pregunta por nuestras obligaciones públicas. La disposición a cumplirlas depende de que creamos que nos afectan a todos: aceptamos ciertos sacrificios, a pagar en vez de eludir, a contribuir en vez de evadir, porque nos vemos actuando y responsabilizándonos mutuamente por nuestra vida colectiva.

Vendrán ahora gestos de reparación simbólica y material. Pero en el largo plazo, ¿son capaces nuestras instituciones de procesar demandas dinámicas? ¿Cómo nos comprometen? Instalar obligaciones requiere de instancias de participación y en revitalizar ritos cívicos donde nos veíamos expuestos, por igual, a las consecuencias de nuestras decisiones: desde declarar impuestos hasta votar. Es tal vez la tarea más delicada que tenemos a futuro, cómo recrear la ilusión más poderosa de una democracia: la creencia de que las obligaciones cívicas son nuestras, por lo tanto dignas de ser cumplidas, porque nosotros las hemos creado»

Fuente: La Tercera

 

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